Madrid se ha leído de muchas maneras: como corte de espadas y comedias, como villa de tabernas y cafés, como capital herida por la guerra o como ciudad de noches que no terminan. Esta selección no pretende ser una lista cerrada ni un ranking académico. Son seis libros, entre novelas y teatro, que ayudan a entender cómo ha cambiado la ciudad y que se pueden llevar en el bolsillo mientras se camina. Van ordenados por la época en la que ocurren, del siglo XVII a los años noventa, y cada uno nos deja en un barrio distinto.
Con El capitán Alatriste (1996) arranca la serie de Pérez-Reverte ambientada en la España de Felipe IV, un Madrid de duelos, corrales de comedias y tabernas. El autor trabajó con el plano que Pedro Texeira trazó en 1656, de modo que cada emboscada tiene su esquina exacta, y eso la convierte en una de las novelas más fáciles de seguir sobre el terreno.

El itinerario del capitán empieza en la Plaza Mayor, que en su época era el corazón de la villa, y baja por la calle de Toledo, entrada natural a la ciudad para quien llegaba desde el sur. Muy cerca, la calleja de San Bruno, en La Latina, es la calle del Arcabuz de las novelas, donde vive y bebe el protagonista. Hoy sigue siendo un entramado de calles estrechas que se recorre mejor a pie.
El otro gran escenario es el Barrio de las Letras, donde en pocas manzanas vivieron Lope de Vega, Cervantes, Quevedo y Góngora. Leer Alatriste es entender por qué aquel rincón del centro presume todavía de ese pasado literario.
Publicada en 1887, Fortunata y Jacinta cuenta «dos historias de casadas» sobre el Madrid de 1869 a 1876, y es casi un plano de la ciudad en forma de novela. Galdós coloca a la burguesía mercantil, la familia Santa Cruz, en la plazuela de Pontejos, a pocos pasos de la Puerta del Sol, y a Fortunata, hija del pueblo, en la Cava de San Miguel, justo detrás de la Plaza Mayor. En el número 11 de esa calle hay hoy una placa que recuerda el lugar donde Juanito Santa Cruz la ve por primera vez.

La novela se mueve entre comercios de paños, la calle de Toledo y las plazuelas del viejo centro, pero también se asoma a los márgenes: la calle de Santa Engracia lleva hacia el arrabal de Cuatro Caminos, donde Galdós sitúa un convento y algunos encuentros que la sociedad del centro preferiría ocultar. Es el Madrid del siglo XIX, ordenado en círculos sociales que se reconocen por las calles que pisan sus personajes.
Esta obra de teatro, publicada por entregas en 1920, es la que da nombre al esperpento. Max Estrella, poeta ciego y arruinado, recorre Madrid durante una noche junto a don Latino de Hispalis, de taberna en comisaría y de la Puerta del Sol a la chocolatería de San Ginés. El recorrido empieza en la calle Mayor, frente a Casa Ciriaco, y acaba mucho más abajo de lo que empezó.

La escena clave ocurre en el Callejón del Gato, nombre popular de la calle de Álvarez Gato, en el Barrio de las Letras. Allí había una tienda con espejos cóncavos y convexos que deformaban a quien se miraba, y Valle los convirtió en metáfora de España: los héroes clásicos, reflejados en ellos, dan el esperpento. Los espejos originales desaparecieron en los noventa, pero hoy se han colocado otros para mantener viva la referencia.

Muy cerca, la plaza de Santa Ana, con su Teatro Español y sus estatuas de Calderón y de Lorca, completa un paseo que sigue siendo, cien años después, uno de los más literarios de la ciudad.
Publicada en 1951 en Buenos Aires por culpa de la censura, La colmena retrata el Madrid de los primeros años cuarenta: hambre, estraperlo, miedo y resignación. El centro es el café de doña Rosa, una colmena en pequeño por donde pasan más de trescientos personajes durante unos pocos días. Cela apenas describe las calles; el protagonista es una ciudad dolorida y exhausta, que se reconoce más por los olores, las campanas, los cafés y las tabernas que por los monumentos.

Aun así, el libro nos lleva por la calle de San Bernardo, donde Cela sitúa un café de ajedrez, y por pensiones, casas de citas y bancos de calle. La zona de Malasaña, entre Fuencarral y San Bernardo, es un buen lugar para imaginar aquel Madrid con la novela en la mano, aunque casi nada de lo que se ve hoy se parezca a lo que Cela contó.
La novela de Martín-Santos, publicada a comienzos de los sesenta, transcurre en el otoño de 1949 y rompió con el realismo social de su época. Pedro, un joven científico que investiga el cáncer con ratones, queda sin material de trabajo y su camino lo lleva hasta las chabolas de Vallecas, un barrio en el que los vecinos rebuscan en los vertederos de la ciudad. A partir de ahí, un accidente absurdo lo expone a la burguesía de la familia de su amigo Matías.
El libro funciona como un mapa social: el centro acomodado, con sus pensiones y sus salones, frente a una periferia donde Madrid esconde su miseria. Es difícil de leer, pero ayuda a entender cómo se repartía la ciudad en la posguerra, entre lo que se mostraba y lo que se dejaba fuera del plano.
Finalista del Premio Nadal en 1994, Historias del Kronen sigue durante el mes de julio de 1992 a Carlos, un estudiante de veintiún años de familia acomodada que alterna noches de bares, alcohol y drogas con una vida diurna vacía. Fue una de las novelas emblemáticas de la Generación X y tuvo una adaptación al cine de Montxo Armendáriz en 1995.
El Kronen es un bar inventado, situado en las inmediaciones de la calle Francisco Silvela, pero alrededor de él Mañas menciona lugares reales de la ciudad, entre ellos la Gran Vía. El Madrid del libro es el de la noche universitaria y la juventud sin horizonte, tan alejado del de Alatriste que parece otra ciudad, aunque se camine sobre la misma.
Si te apetece convertir la lectura en paseo, puedes organizar la ruta por zonas más que por orden cronológico. Un buen día de «Madrid de los Austrias» une la Plaza Mayor, la calle de Toledo, la Cava de San Miguel y las callejas de La Latina, con Alatriste y Galdós como compañeros de viaje. Otro día se puede dedicar al Barrio de las Letras, entre la plaza de Santa Ana y el Callejón del Gato, con Valle-Inclán en la mano y una parada obligada en alguna taberna de la zona.
Los otros tres libros piden otro tipo de salida. Cela y Mañas sirven para recorrer Malasaña, la Gran Vía y los barrios de la noche, imaginando cómo cambió el modo de pasarla en la ciudad entre 1943 y 1992. Martín-Santos, en cambio, invita a mirar hacia la periferia sur y a preguntarse qué quedó de aquellas chabolas de Vallecas, convertido hoy en uno de los barrios con más identidad de Madrid.
Esa es quizá la mayor virtud de leer una ciudad a través de su literatura: los libros no describen solo lugares, también describen épocas. La misma calle que en Galdós huele a paños y comercio, en Valle-Inclán es un espejo deformante y en Cela una cola de hambre. Conviene recordarlo cuando uno se sienta, hoy, a tomar un café en cualquiera de estas esquinas.
Entre estas seis lecturas hay cuatro siglos de ciudad: la villa de los Austrias en La Latina y alrededores de la Plaza Mayor, el centro comercial de Galdós, el Barrio de las Letras de Valle-Inclán, el café cotidiano de Cela, las periferias de Martín-Santos y las noches de Mañas. No hace falta leerlas en orden ni todas a la vez. Basta con elegir un barrio, abrir el libro correspondiente y salir a la calle: Madrid suele conservar más de lo que parece.