Lisboa, una ciudad para leer

Hay ciudades que se visitan y ciudades que se leen. Lisboa es de las segundas: sus cuestas parecen escritas a mano, sus plazas tienen la melancolía de un párrafo que no termina y casi cada café guarda el recuerdo de algún escritor sentado junto a la ventana. Es una capital de luz blanca, de tranvías amarillos y de tejados que bajan hasta el Tajo, pero también una ciudad que ha aprendido a convivir con la pérdida. Quizá por eso la literatura le sienta tan bien.

Una ciudad que se reconstruyó sobre sus ruinas

Para entender la Lisboa literaria hay que empezar por una fecha: el 1 de noviembre de 1755. El terremoto, el incendio y el maremoto que siguieron destruyeron buena parte de la ciudad, y el marqués de Pombal impulsó la reconstrucción del centro con un trazado de calles rectas que hoy llamamos la Baixa pombalina. Esa cuadrícula luminosa, que se abre hacia el río en la Praça do Comércio, es el escenario donde Lisboa se mira a sí misma.

Praça do Comércio de Lisboa junto al Tajo
La Praça do Comércio, la antigua Terreiro do Paço, abierta al Tajo. Foto: Wikimedia Commons.

Los portugueses dicen que la ciudad vive entre dos nostalgias: la del imperio que fue y la de lo que nunca llegó a ser. Eso se nota en su literatura, que mira hacia el mar con una mezcla de orgullo y de vacío. La palabra saudade no es un adorno turístico; es una manera de leer el mundo.

Pessoa y la Baixa: el hombre que fue muchos

Ningún escritor está tan unido a Lisboa como Fernando Pessoa (1888-1935). Nació en la ciudad, pasó casi toda su vida en ella y escribió con una multitud de nombres: Álvaro de Campos, Alberto Caeiro, Ricardo Reis y otros «heterónimos» que no eran simples seudónimos, sino voces con biografía y estilo propios. Su gran libro, el Libro del desasosiego, lo firmó en parte Bernardo Soares, un ayudante de contable que trabaja en un despacho de la Baixa, en la rua dos Douradores, y que mira la ciudad desde un cuarto piso con una lucidez cansada.

Esa Lisboa de oficinas, tranvías y cafés se recorre a pie. Pessoa frecuentaba el Martinho da Arcada, en los soportales de la Praça do Comércio, y hoy una estatua suya comparte mesa con los turistas en la terraza de A Brasileira, en el Chiado. En sus últimos años vivió en Campo de Ourique, un barrio residencial lejos del bullicio, donde se conserva la casa que hoy es museo y biblioteca. Lisboa lo ha adoptado como emblema, pero conviene recordar que fue un escritor casi desconocido en vida: la mayor parte de su obra apareció después de morir.

El Chiado: cafés, librerías y un incendio

Si hay un barrio que condensa la vida literaria de la ciudad, es el Chiado. Aquí se cruzaban periodistas, poetas, políticos y bohemios, y todavía hoy huele a papel viejo. La Livraria Bertrand, fundada en 1732, está reconocida por el Libro Guinness como la librería más antigua del mundo en funcionamiento. Su primera sede cayó con el terremoto de 1755 y reabrió unos años después en la calle Garrett, donde sigue.

A pocos pasos, en el largo Barão de Quintela, una estatua recuerda a Eça de Queirós, el gran novelista realista del siglo XIX. En Los Maia (1888) retrató la alta sociedad lisboeta con ironía y ternura, y situó a la familia en el Ramalhete, una casa de la rua das Janelas Verdes, hacia el barrio de Madragoa. Eça escribía sobre una ciudad que sentía provinciana y encantadora a la vez, y sus páginas sirven aún de guía para entender cómo se miraba Lisboa a sí misma.

Elevador de Santa Justa en Lisboa
El Elevador de Santa Justa une la Baixa con las alturas del Carmo y del Chiado. Foto: Wikimedia Commons.

El Chiado también guarda una herida moderna: en agosto de 1988 un incendio devastó varias manzanas del barrio. Se reconstruyó con cuidado, y hoy es de nuevo un lugar de paseo, de librerías y de teatros. Para subir desde la Baixa se puede tomar el Elevador de Santa Justa, esa torre de hierro neogótica de principios del siglo XX que parece sacada de una novela de Julio Verne.

Saramago y los fantasmas de 1936

José Saramago, Premio Nobel de Literatura en 1998, convirtió a Lisboa en un personaje en El año de la muerte de Ricardo Reis (1984). La novela imagina que el heterónimo de Pessoa regresa de Brasil a finales de 1936, poco después de la muerte de su creador, y se instala en un hotel cerca del río, en el Cais do Sodré. Mientras Europa se encamina hacia la guerra y Portugal vive bajo el régimen de Salazar, Reis pasea por una ciudad lluviosa y recibe la visita del propio Pessoa, que como fantasma tiene permiso para dialogar con él durante unos meses.

Es un libro que se lee con el mapa abierto: el miradero de Santa Catarina con su estatua del gigante Adamastor, las cuestas del Bairro Alto, los cafés, los cines. Saramago, nacido en el Ribatejo pero lisboeta de adopción, dejó además su impronta en la ciudad: sus cenizas reposan bajo un olivo frente a la Casa dos Bicos, sede de su fundación, a la orilla del río.

Alfama, Mouraria y el Bairro Alto: la ciudad de noche

No toda la literatura de Lisboa pasa por los cafés elegantes. Alfama, el barrio más antiguo, es un laberinto de callejas que sobrevivió al terremoto, y en él nació en buena parte el fado, esa canción de destino y pérdida que vive en las casas de comidas y los patios. La vecina Mouraria, antiguo barrio morisco, conserva la memoria de las pensiones, los marineros y las prostitutas que recorren tantas novelas de la ciudad.

El Bairro Alto, en cambio, pertenece a la noche. Durante el día es un barrio tranquilo y algo desvencijado; al caer la tarde se llena de bares, tertulias y jóvenes que se reparten entre sus calles estrechas. Los periódicos tuvieron aquí sus redacciones durante décadas, y esa tradición de escribir y debatir hasta tarde explica buena parte de su aire bohemio. Para llegar, nada mejor que el tranvía 28, que sube y baja entre cuestas con un traqueteo que ya forma parte de la banda sonora de la ciudad.

Tranvía 28 en Lisboa
El tranvía 28 atraviesa algunos de los barrios más literarios de Lisboa. Foto: Wikimedia Commons.

Tabucchi: el italiano que escribió en portugués

La relación de Lisboa con la literatura no es solo portuguesa. El italiano Antonio Tabucchi, enamorado de la lengua de Pessoa, a quien tradujo, ambientó en la ciudad Sostiene Pereira (1994). La novela sigue durante el verano de 1938 a un viejo periodista de la sección cultural de un periódico lisboeta, que de pronto toma conciencia de lo que ocurre a su alrededor mientras la dictadura aprieta. Es un libro corto, de cafés con limonada, calor húmedo y silencios, que muestra cómo una ciudad aparentemente tranquila puede esconder el miedo.

Una Lisboa vista desde España

Los escritores españoles también se han dejado seducir por la ciudad. Nosotros tenemos ubicada en Lisboa El invierno en Lisboa, la novela de Antonio Muñoz Molina publicada en 1987. Entre San Sebastián, Madrid y Lisboa, el pianista Santiago Biralbo y la enigmática Lucrecia se mueven en un mundo de bares de jazz, amores a medias y huidas, a medio camino entre el cine negro y la novela sentimental. Lisboa aparece allí como una ciudad de refugio y de espejo, un destino al que se llega cuando ya no queda sitio en otro lugar.

Belém, donde termina la tierra

Para cerrar el paseo hay que bajar hasta Belém, a la orilla del Tajo, el punto desde el que partieron los navegantes portugueses. Allí está la Torre de Belém, símbolo de la era de los descubrimientos, y el monasterio de los Jerónimos, donde reposan figuras como Luís de Camões, el poeta de Os Lusíadas, y también Pessoa, cuyos restos se trasladaron allí en 1985. Es un lugar que resume la paradoja de Lisboa: una ciudad pequeña que se sintió durante siglos el centro del mundo.

Torre de Belém a orillas del Tajo
La Torre de Belém, a orillas del Tajo. Foto: Wikimedia Commons.

Cómo leer Lisboa

Lo mejor de Lisboa es que no hace falta tener un plan. Basta con elegir un barrio, sentarse en una terraza con un libro y dejar que la ciudad haga el resto. Pessoa en la Baixa, Eça en el Chiado, Saramago en el Cais do Sodré, Tabucchi en un café de verano y Muñoz Molina en una noche de jazz: cada uno ofrece una Lisboa distinta, y todas son verdaderas. Es una ciudad que se deja leer despacio, y que agradece que se le dedique tiempo.

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